domingo, 26 de mayo de 2013

Díptico de la muerte I


Estos oretanos son gente rara. Yo diría que la más rara que he visto. Bien es cierto que no he visto mucho. Al fin y al cabo solo llevo dos años de servicio. Pero lo que sí puedo decir con seguridad es que, en todo este tiempo, nunca me había topado con nadie que pelee de la manera en que lo hacen ellos. Lo normal, o eso nos han explicado, es que cuando desbordas al enemigo en el campo de batalla, este huya en desbandada presa del pánico. Entonces, la batalla está ganada y la persecución no es más que una forma de humillación y castigo. Con ellos no. Pelean como auténticos demonios durante el tiempo que sea necesario y cuando se ven vencidos, abandonan el campo sí, pero cuando tú ya te crees a salvo y avanzas seguro hacia la victoria, aparecen en pequeños grupos, desde cualquier matorral o recodo, cubiertos de polvo y sangre y con un odio sobrenatural ardiéndole en los ojos, para seguir matando y muriendo como posesos. Sí, son extraños. Como esta tierra suya. Extrema en todos los sentidos. Agreste, atravesada de ásperas montañas imposibles de cultivar, arisca y hostil pero misteriosa, reseca y rica al mismo tiempo, con su costra de tierra y sus entrañas preñadas de metales preciosos, con sus árboles de troncos retorcidos pero de frutos fecundos y sus llanuras ocres atravesadas por grandes ríos de amenas riberas. La Oretania, quién me iba a mí a decir que llegaría nunca a verla.
Ya el verano está terminando. Se nota sobre todo por las noches y al rayar el alba. Pronto pasarán los días de calor asfixiante, esas marchas agotadoras con el sol cayendo a plomo sobre el casco y la coraza y torrentes de sudor corriéndote por todo el cuerpo. Esta noche se está bien. Diríase que hasta hace un poco de frío, incluso se echa de menos algo sobre los hombros, por fin, después de tantas semanas en las que el calor no ha dado tregua ni de día ni de noche. Uno es romano, y está acostumbrado a los calores de la ciudad, pero nada es comparable a esto. Sí, esta noche se está bien. Lo malo es el puesto. Nunca me ha gustado, y me consta que a los demás tampoco. No es que esté más alejado que los otros o más expuesto, pero tiene algo, algo como recóndito que lo hace diferente, algo como de mal agüero. Puede ser la cercanía de ese cerro pedregoso y oscuro, o simplemente las cosas que se cuentan alrededor del fuego, pero he visto a muchos maldecir para sí cuando se les asigna una guardia aquí. Es como si la luna brillara menos, sobre todo esta noche en la que parece un hilo metálico a punto de desaparecer. Así que cuando te toca, te toca, y no queda más remedio que encomendarse a los dioses lares y esperar a que la guardia pase pronto. A la mía no le puede faltar mucho ya. Y sin embargo, no puedo dejar de mirar aquellos arbustos. Por momentos juraría que se mueven, que ocultan algo. Quizás sea uno de esos lagartos enormes que pueblan estas tierras. Esos que dicen que atacan a las mujeres cuando están con sus flujos y a los soldados heridos. Como para que no se te erice el pelo de la nuca. Mejor será esperar al relevo y pensar en otras cosas.
Sí, pensar en Lucilia y en Marco y en Tulio y en la pequeña Lidia que ya tendrá cuatro años. Qué lejos quedan ahora. Cuándo querrán los dioses que vuelva a verlos. Dos años ya, una eternidad. Pero la taberna no funcionaba, ni siquiera daba para alimentarnos, sobre todo desde que llegó la niña. Cuántas noches Lucilia y yo a la débil luz de la lucerna echando cuentas. Y cada vez más deudas y más competencia y menos ganancia. Hubo que tomar una decisión. Aquí la paga es corta pero apenas hay gastos. Además te la acumulan y cuando vuelves eres un personaje, eso dicen los veteranos. Aparte está el botín y los triunfos. Cualquier cosa mejor que ver pasar hambre a tu familia, cualquier cosa antes que verlos desalojados de nuestra pequeña vivienda del Trastévere. No pasa un solo día sin que recuerde la última noche antes de mi partida, los niños dormidos en sus lechos, el cuerpo embriagador de Lucilia entre mis brazos, prieto y liso después de tres partos, el sabor de sus lágrimas entre mis labios, la pasión agónica con la que hicimos el amor por última vez cuando ya levantaban las luces de la aurora. Qué será de ellos, qué me encontraré cuando vuelva... si vuelvo.
Qué suena por ahí abajo. Maldito puesto y maldita noche. Primero dar la alarma, luego enfrentar al enemigo. Pero no, ahora no se escucha nada y las tinieblas son tan espesas que no se podría ver una rata debajo de una mesa. Debe ser mi imaginación que está especialmente excitada desde lo del otro día. Sí, lo primero dar la alarma. Pero luego si te equivocas eres el hazmerreír de tu centuria, qué digo de la centuria, de la cohorte entera. Como Pluvio que puso en pie a todo el campamento y luego alanceó valientemente a un burro de carga. Todavía tiene que aguantar risas y chanzas cada vez que pasa cerca de un grupo de veteranos. Mejor será esperar y mantener el oído alerta. No veo la hora en que llegue el cambio de guardia.
Después todo es acostumbrarse y tener suerte. No sé si algún sabio lo habrá dicho, pero no hay verdad más grande en todo el mundo. Te acostumbras a las eternas marchas, al peso de las armas como si fuera una segunda piel, al miedo y a las ganas de huir cada vez que te alinean para entrar en combate, al olor y al sabor de la sangre, a los cuerpos mutilados y a que nada te importe salvo salir vivo y, a ser posible, indemne. A todo te acostumbras menos a lo de hace tres días. En estos dos años he luchado de verdad tres o cuatro veces, en verdaderas batallas, pero eso es diferente. Allí, apiñado, apretado en la formación, parapetado tras el escudo, sabes que tienes miedo, como todos los demás. También sabes que obedecerás las ordenes, también como todos los demás, porque no puedes hacer otra cosa. Y en frente hay otros como tú, pero distintos porque llevan otras armas y porque son el enemigo, que sentirán el mismo miedo que tú pero que, como tú, también obedecerán las órdenes y harán lo que tienen que hacer, que es intentar matarte, igual que tú intentarás matarlos a ellos porque es tu vida o la suya y tú no quieres morir. Es la guerra, o al menos la idea que cualquiera puede tener de la guerra. Terrible, descomunal, pero previsible y revestida, a pesar de todo quiero seguir pensándolo, de eso que los oficiales llaman honor.
Lo del Día de Marte pasado fue otra cosa. Operación punitiva o de castigo la llamaron, aunque yo no puedo ponerle otro nombre que el de masacre, la más sanguinaria y repugnante que se pueda imaginar. Dos centurias, todo un manípulo movilizado para arrasar una mísera aldea donde además no había hombres, solo mujeres y ancianos y niños, muchos niños. El motivo, el ataque de los oretanos a una de nuestras patrullas, en concreto la que mandaba Cornelio, y la muerte de este en la refriega. No era la primera vez, pero sí la primera en que caía un centurión. Además, según se decía en los barracones, Cornelio no era un centurión cualquiera. Por lo visto tenía algo que ver con el mismísimo legado o con una de sus concubinas, que para el caso es lo mismo. Así que esta vez hubo arengas, se habló del honor mancillado de la legión, de la sangre derramada, de la obligación de vengar a los soldados legionarios vilmente asesinados. Y nos tocó. Como en una mala tirada de dados. Dos centurias perfectamente formadas marchando hacia un destino que solo nuestros mandos conocían. Los hombres iban nerviosos y excitados por los discursos, esta vez no se iba a luchar sino a castigar y a matar. Nos detuvimos pronto y recibimos la orden de desplegarnos. Cuando vi cual era nuestro objetivo, una nube de malos presagios ensombreció la mañana. Aún así, avancé cuando tenía que avanzar a la espera de que el misterio se revelara. Mas pronto pude comprobar horrorizado que no había tal misterio. Allí íbamos a hacer lo que hicimos.
De lo que vino después tengo grabadas imágenes que nunca podré olvidar. Ancianos desmembrados entre dos caballos, niños decapitados en los brazos de sus madres, el olor nauseabundo de la carne quemada dentro de las chozas, las pupilas desorbitadas de una madre a la que le arrancan su hijo de los brazos, los estertores agonizantes de las mujeres violadas una y otra vez. Sangre corriendo como ríos, fuego y destrucción, soldados, los mismos soldados con los que había compartido peligros y viandas, transformados en carniceros, en sucios matarifes, dentro de una nube de horror y demencia sanguinaria que lo envolvía todo. Acabé vomitando apoyado en la esquina de una choza que todavía no había sido incendiada. Lo último que recuerdo fue a uno de los veteranos diciéndole a otro: “Estos novatos cada vez tienen el estómago más blando”, y alguien que me cogía por los hombros y me llevaba mientras me decía algo así como que hay que acostumbrarse, que esto era la guerra.
Ahora sí que he oído algo. Seguro, por aquel lado. Primero dar la alarma, luego enfrentar al enemigo. Pero no, ahí abajo no. Detrás. Está detrás. Dar la alarma: “¡Alarma!” No, no puede ser, a mí no. Este brazo que me agarra no puede ser verdad. Es muy fuerte y huele a sudor, pero no puede ser verdad. Esta sangre que me corre no puede ser la mía. Como la voz que me dice algo al oído y que no puedo entender. No, yo no quise, yo no tuve nada que ver. Lo que sí es mío es este dolor que me abrasa la garganta, la laxitud que me dobla las rodillas. Así que esto es la muerte. Este desvanecimiento sin remisión alguna, este pozo de negrura en el que caigo, esta tela de tinieblas que me cubre los ojos. No, no. Aún no. Lucilia... Lucilia.